
Cuando día a día empiezan a bajar los grados Celsius que marcan los numeritos blancos de la esquina inferior izquierda del canal 11, no sólo mis bufandas y accesorios invernales favoritos empiezan a aflorar. También surgen ideas, algunas útiles, otras reciclables pero por sobre todo, muchas curiosamente enredadas. De esas ideas surgen blogs, monólogos en el msn, largos e insólitos mensajes de texto y alguna que otro proyecto creativo (en el mejor de los casos).
Esta mañana, me reencontré con un texto mío de ya dos años de antigüedad (justamente escrito en uno de estos períodos de 10ºC) y me propuse hacerle una "re-make". El "re-diseño" del afiche a causa del reestreno de la película.
4 de mayo del 2011. Se siente como un 29 de junio, para ser sincera. El tapado negro ya inauguró la temporada otoño-invierno, esta vez sin recetas increíbles ni sahumerios de sandía. Por el contrario, en la mesa del living me esperaban cigarrillos, lentes, y pilas y pilas de textos para leer, sobre el Neoclasicismo en Francia y la Revolución Industrial en Inglaterra. En medio de toda esta vorágine artística que tuve que recrear en mi cabeza para por fin, comprender este movimiento, sonó el celular, que creía ya muerto sin batería en la cartera. No esperaba que sonara. A decir verdad creo que hace mucho tiempo que no espero que suene. Pero sonó.
Con su clásico optimismo, él me preguntaba si estaba libre este finde para hacer algo. Fin de semana. Sí. Estamos a miércoles, todavía no almorcé, mi mente está en Paris, tengo mis lentes puestos y ando con un broche-flor en la cabeza. Suspiré con un poco de enojo y le contesté. Porque más allá de todo, era entendible. Él no tenía por qué tener en cuenta mis bizarras costumbres de vida. O entender que para mí, preguntarme qué voy a hacer en el fin de semana un miércoles, es como preguntarme si voy a casarme antes de los 30... También estaba todo este tema de la brecha cultural, las distintas tradiciones, el extranjero viviendo en un país que (después de ocho meses) sigue sin serle familiar. Sobre todo, estaba el tema de "i don't have anything to do all day long, no sé si me entendés". Así que bueno, me mordí el labio inferior y contesté. Haciendo volver a mis neuronas de Paris para que me tiren un par de palabras en inglés. No demasiadas eh, no demasiadas...
Volvió a responderme y no puedo negar que un poco sonreí. Fue en ese instante en el que una idea enredada empezó a germinarse como poroto en mi cabeza despeinada. Era esto lo que yo realmente quería? Por qué le había dado falsas esperanzas a este chico? El "limón para mi tequila" era norte-americano? suizo? italiano? Era siquiera un extranjero con el sueño frustado de convertirse en Michel Bublé, devenido en "profesor" de inglés? O es que en realidad, mi "lemon" DEBÍA ser argentino con vivienda propia, tv gigante, buena carrera hecha en Personal y por $0,50 más, te llevás también a la novia diseñadora que lo lleva a New York? Era Lemon uno de aquellos especímenes que encontrás en un boliche? De los que posiblemente no te llamen el día posterior al "chape" pero sí, un par de días después, para arreglar una salida de mitad de semana? (refiriéndonos más precisamente al miércoles, como día universalmente conocido como de trampa) Quizás, dos años después, seguía estando equivocada.
Parecía que todavía no me había quedado claro que Lemon no iba a aparecer en mi vida con un vaso de Fernet en la mano (ni tampoco con una Coca-Cola) en un boliche de todo por dos pesos en Palermo, sino en una biblioteca. Quizás, Lemon estudiara en la Universidad de Filosofía y Letras, no en la UADE. En su depto, Lemon probablemente, atesoraría discos de pasta de Frank Sinatra o Ella Fitzgerald; no existía la posibilidad de que tuviera un iPod con temas de Las Pastillas del Abuelo o (aún peor) Los Pibes Chorros. Es ley que no usaría, bajo ningún concepto, un flequillo flogger o que se hiciera la planchita; le diría SÍ a los pelos bien despeinados y desprolijos, barbita candado y quizás, hasta usara lentes. Lemon habla español. Es argentino documentado. Católico-apostólico-romano no practicante. Con trabajo. Y con la certeza de que no se reubicará en otro país por el momento. En nuestra primera cita, Lemon de seguro no me invitaría a tomar una cerveza por mi barrio a las 12 de la noche, para luego ir a un hotel. Sino que me diría de ir una tarde a alguna feria copada por San Telmo, o ir a ver tocar a alguna bandita indie amiga, a una expo de Diseño, al Malba, o al Bafici. La cena sería picadita al aire libre, acompañada por una buena cerveza fría. Quizás me llame al otro día, pero sólo para saber como estoy, y cortaría, bien rápido, para que no me asuste o piense que se quiere casar conmigo. Después me invitaría a su casa, me mostraría su colección de discos y por supuesto, tocaría algún tema en la guitarra (Lemon no puede no saber tocar la guitarra). Primero, uno de esos temas sin nombre que sólo lograría que me avergüence, por mi falta de cultura musical, uno de esas canciones que no sabría luego ni un pedacito como para al menos, googlearla para la próxima; y claro, después me daría el gusto, y tocaría alguno de Soda o Babasónicos para hacerme sonreír. Lemon sabe barbaridades de cine, arte, música, metafísica y por qué no, también de pavadas... La noche de la primer cita (según mis cálculos), me debería besar. Sí. Para no tener que hacer un big deal de eso luego. Ahí tiene que estar el beso... un beso que tuviera más cosas qué decir que un simple "te tengo ganas".
El cigarrillo empezó a consumirse y me di cuenta de que el pobre anglo-parlante se merecía una respuesta. Luego de todas estas ideas genialmente enredadas que habían pasado por mi cabeza, pensé en qué gran pérdida de tiempo sería salir con este nuevo "él", que si bien es fanático del jazz, está muy lejos de aquel "limón para mi tequila" argentino, con discos de pasta y camisas escocesas.
8ºC de sensación térmica, decía la tv. Puse la pava en la hornalla, fui por mi saquito de té de manzana y canela, y saqué mi taza animal print... Un par de lápices de colores en mano, papel madera, tijeras y UHU. Sí. Hice un collage. El tener a mi Lemon dibujado y coloreado (y por qué no, ilustrado) en unos papeles era y es, definitivamente, la mejor opción para esta tarde de adelanto invernal...
Parecía que todavía no me había quedado claro que Lemon no iba a aparecer en mi vida con un vaso de Fernet en la mano (ni tampoco con una Coca-Cola) en un boliche de todo por dos pesos en Palermo, sino en una biblioteca. Quizás, Lemon estudiara en la Universidad de Filosofía y Letras, no en la UADE. En su depto, Lemon probablemente, atesoraría discos de pasta de Frank Sinatra o Ella Fitzgerald; no existía la posibilidad de que tuviera un iPod con temas de Las Pastillas del Abuelo o (aún peor) Los Pibes Chorros. Es ley que no usaría, bajo ningún concepto, un flequillo flogger o que se hiciera la planchita; le diría SÍ a los pelos bien despeinados y desprolijos, barbita candado y quizás, hasta usara lentes. Lemon habla español. Es argentino documentado. Católico-apostólico-romano no practicante. Con trabajo. Y con la certeza de que no se reubicará en otro país por el momento. En nuestra primera cita, Lemon de seguro no me invitaría a tomar una cerveza por mi barrio a las 12 de la noche, para luego ir a un hotel. Sino que me diría de ir una tarde a alguna feria copada por San Telmo, o ir a ver tocar a alguna bandita indie amiga, a una expo de Diseño, al Malba, o al Bafici. La cena sería picadita al aire libre, acompañada por una buena cerveza fría. Quizás me llame al otro día, pero sólo para saber como estoy, y cortaría, bien rápido, para que no me asuste o piense que se quiere casar conmigo. Después me invitaría a su casa, me mostraría su colección de discos y por supuesto, tocaría algún tema en la guitarra (Lemon no puede no saber tocar la guitarra). Primero, uno de esos temas sin nombre que sólo lograría que me avergüence, por mi falta de cultura musical, uno de esas canciones que no sabría luego ni un pedacito como para al menos, googlearla para la próxima; y claro, después me daría el gusto, y tocaría alguno de Soda o Babasónicos para hacerme sonreír. Lemon sabe barbaridades de cine, arte, música, metafísica y por qué no, también de pavadas... La noche de la primer cita (según mis cálculos), me debería besar. Sí. Para no tener que hacer un big deal de eso luego. Ahí tiene que estar el beso... un beso que tuviera más cosas qué decir que un simple "te tengo ganas".
El cigarrillo empezó a consumirse y me di cuenta de que el pobre anglo-parlante se merecía una respuesta. Luego de todas estas ideas genialmente enredadas que habían pasado por mi cabeza, pensé en qué gran pérdida de tiempo sería salir con este nuevo "él", que si bien es fanático del jazz, está muy lejos de aquel "limón para mi tequila" argentino, con discos de pasta y camisas escocesas.
8ºC de sensación térmica, decía la tv. Puse la pava en la hornalla, fui por mi saquito de té de manzana y canela, y saqué mi taza animal print... Un par de lápices de colores en mano, papel madera, tijeras y UHU. Sí. Hice un collage. El tener a mi Lemon dibujado y coloreado (y por qué no, ilustrado) en unos papeles era y es, definitivamente, la mejor opción para esta tarde de adelanto invernal...
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