miércoles, 13 de julio de 2011

Sonrisas vagas de un hermoso caos.


Desde los 16 años que adquirí esta extrañísima costumbre de dibujar duendecitos por todas partes. No sucede todo el tiempo. Y como verán, tampoco se trata de cualquier tipo de duendecitos. Son duendecitos felices, con gorros enormes, que se aparecen entre mis descabelladas ideas justo justo cuando tengo una sonrisa asomándose tímidamente por mis comisuras. Hace una semana que vengo dibujando duendecitos en el aire. En esas ráfagas de viento frío. Los dibujo en los vidrios empañados, en los bordes de mi cuaderno-anotador-de-tareas-de-la-FADU, los dibujo en mi rodilla con mi uña sobre el jean gastado. Hacía mucho tiempo que no los dejaba salir. Ya estaban aburridos de jugar entre ellos. Se habían puesto viejos y estaban hasta un poco pasados de moda. De repente, aire nuevo, invierno, nuevos colores en su guardarropas. Están felices de nuevo. Creo que a veces, está bueno dejar a tus duendes salir a pasear, dejarlos ser, que hablen por vos. A veces, es necesario desempolvar el disfraz de valiente y salir a tropezar... después de todo, para qué habría una de liberar a sus duendecitos sino es para que nos levanten tras la caída, no? Duendecitos y band-aids, protagonistas de mis próximos dibujos... Oh sí.

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